Robando Belleza

Hace unos días se vieron en las marquesinas carteles anunciadores de una película llamada “Un feliz acontecimiento” (que ya he visto y me gustó bastante, por cierto). El cartel del filme consiste en una mujer embarazada tumbada junto a su pareja, mientras muestra su barriga en una pose entre tierna y sensual. Y esa imagen me ha traído a la cabeza las de aquellas actrices y modelos famosas que han posado con la mayor desenvoltura del mundo con sus tripas de embarazo para las portadas de las revistas.

Muchas veces a las embarazadas se las ve como objetos dignos del mayor cuidado, cual si fueran vajillas de porcelana, que parece que es necesario meterlas en una vitrina y dejarlas ahí encerradas para que no les pase nada, mientras se obvia que siguen siendo mujeres que tienen su lado carnal. Como asegura Eliette Abecassis, autora de la novela con tintes autobiográficos en la que se basa la película, lo que quiere es “enseñar que la mujer embarazada es sexual, ya que si no, no sería madre. Su cuerpo está aún más presente, su vientre y sus pechos desbordan; no come, devora; vive en una especie de sobresensualidad”.

No obstante, la creencia general es que durante la época de embarazo la mujer debe tapar lo máximo posible y esconder sus deseos, como si su parte carnal dejara de existir. Esta convención empezó a ser discutida por Demi Moore hace unos cuantos años, en 1991, cuando la actriz posó desnuda para la portada de la revista “Vanity Fair”. La foto de Moore embarazada y desnuda causó una gran controversia en ese año, a muchos les escandalizó ese posado en estado de preñez, algo escandaloso e intolerable, impropio de una mujer a punto de ser madre. Incluso algunas personas vendieron la revista con un papel de color encima de la tapa para tapar el desnudo como si fuera una revista porno.

Otra famosa que ha posado desnuda en estado de gestación ha sido Cindy Crawford, uno de mis mitos eróticos de adolescencia. La supermodelo del sensual lunar fue fotografiada para la portada de W Magazine en abril de 1999, con siete meses de embarazo y puede verse la referencia al posado de Demi Moore de años atrás en la esquina inferior derecha, en la que pone “Move over, Demi” (Muévete Demi).

Claudia Schiffer también se unió a la moda y en su caso ocupó la portada de la revista Vogue, que dedicó toda la página a la foto, sin hacer referencia a otros de los contenidos del interior de la revista.

Como pueden ver, los tres posados son bastante similares, con la mano derecha cubriendo el pecho y la izquierda el pubis, salvo en el caso de Crawford, que tenía esa zona oscurecida en la foto. Tuvo que ser la italiana Monica Bellucci la que pusiera un poco más de osadía en este tipo de posados cuando hizo un desnudo frontal en el embarazo de su primera hija.

La propia Bellucci volvió a posar años después con su segundo embarazo, aunque en esta ocasión optó por un aspecto más recatado.

Otras que también han posado desnudas han sido las modelos Alessandra Ambrosio y Miranda Kerr, que fueron protagonistas de fotos en blanco y negro, ofreciendo una visión más estilizada y artística del fenómeno.

El hecho de posar desnudas en los embarazos ha pasado de ser algo novedoso y provocativo a convertirse casi en algo habitual en los últimos años, pues además de las imágenes que les he mostrado, ha habido otros posados como los de Britney Spears, Christina Aguilera o Jessica Simpson. Por contra, ha habido otras famosas que han preferido salir con ropa para dejar testimonio gráfico de sus estados de gestación, como es el caso de las bellísimas Gwyneth Paltrow, Heidi Klum y Rebecca Romijn, tres rubias por las que siempre he sentido debilidad.

No soy muy fan de Demi Moore, más bien al contrario, pero el posado que hizo en su día sirvió para poner una pica en Flandes, para dar voz a algo que está ahí y que no se puede ocultar. Todas estas mujeres tienen en común el haber superado sus verguenzas y ciertas convenciones para posar en fotos sugerentes. Ellas no han querido negar su parte carnal, ni olvidar que aún embarazadas siguen siendo mujeres preciosas y atractivas. Y no creo que sea nada escandaloso hacerlo, más bien al contrario, es algo natural y bello.

Uno de mis mitos eróticos de adolescencia era la modelo francesa Laetitia Casta. Surgió a finales de los 90, llamando mucho la atención por sus ojos azules, sus labios sensuales, su piel blanca y una silueta capaz de volver loco al más pintado. Una de esas mujeres que aún yendo vestidas parece que van desnudas, con unas formas que parece que se escapan de los ropajes. Su éxito fue inmediato y se convirtió en el objeto de deseo de cualquier hombre con dos hormonas de frente, con los fotógrafos luchando por tenerla en sus sesiones para plasmar su rotunda figura desde todos los ángulos posibles. Tras hacer algunos pinitos poco memorables como actriz (la recuerdo luciendo palmito y dejando bien claras sus limitaciones interpretativas en “Astérix y Obélix contra César”) y el “boom” de los primeros años, Laetitia Casta pasó un poco a segundo plano, aunque siguió haciendo posados y pequeños papeles en filmes galos, asimismo se dedicó a la vida familiar y dio a luz a tres hijos.

Tras unos años en los que no seguí mucho su pista, he tenido una especie de regresión adolescente al verla a través de Internet en un reportaje de la revista Vogue en su edición francesa. En ella, Laetitia posa con su habitual elegancia y atractivo, haciendo incluso un desnudo de espaldas, algo no tan llamativo por el desnudo en sí (si empezara a postear fotos de Laetitia Casta desnuda tendría material para dos o tres entradas), sino por la publicación en la que se ha producido, poco dada a audacias de este calibre.

 

Así que ya lo ven, a sus casi 34 años la señorita Casta (que gracia me ha hecho siempre su apellido, por paradójico en ella), sigue estando fenomenal, tan atractiva como siempre. Volviendo a ver fotos suyas me ha parecido volver a mis diecimuchos años, cuando se me caía la baba con ella y coleccionaba todo lo que encontraba sobre su figura. Hoy, mis mitos han cambiado, aunque a Laetitia siempre le guardaré un rinconcito especial.

En mi entrada de hoy quiero referirme a Léa Seydoux, una joven actriz francesa a la que vi por primera vez en un pequeño papel en “Robin Hood” y me llamó la atención. Posteriormente, la he visto en filmes como “Lourdes”, “Midnight in Paris” o la cuarta parte de “Misión imposible” y ha seguido interesándome. La veo como una actriz con posibilidades y además tiene una belleza de las que atraen más por lo que insinúan que por lo que muestran. La belleza de alguien que puede tornarse dulce, desdeñosa o inquietante con un ligero cambio de su mirada.

Recientemente encontré un artículo publicado en “El País Semanal” que hablaba de la actriz y la entrevistaba en la Berlinale, donde presentaba una película sobre los últimos días de la reina María Antonieta en la que interviene junto a Diane Kruger. Precisamente hablé en este blog sobre aquel evento hace escasas entradas. Como el artículo está tan interesante que yo mismo no cambiaría una coma, aquí lo copio para que le echen un vistazo. Las fotos que voy intercalando en el texto ya son elegidas por mí.

 

“Léa Seydoux no está muy fina: el riguroso frío de Berlín le ha pasado factura a su garganta y la deliciosa voz de la francesa ha dado paso a un tono gargolesco que la actriz se toma a guasa: “Esto es lo que pasa por salir con un vestidito a pasear a diez bajo cero, y todo para promocionar una película”, ríe Seydoux antes de que el periodista le ofrezca un pañuelo de papel.

La actriz y modelo (aunque después aclarará que no le gusta nada lo de “modelo”) está acurrucada en el sillón de una habitación del hotel Hyatt; a su lado se sienta otra mujer, que podría parecer su publicista o su agente, pero que en realidad es su traductora: Seydoux aún no se siente lo suficientemente cómoda en inglés como para ponerse delante de los leones sin algo de apoyo.

Tan solo 24 horas antes de su encuentro con El País Semanal en la ciudad alemana, la francesa estaba presentando en la Berlinale su última película, Adiós a la reina, del realizador Benoît Jacquot, donde ejerce de cortesana en los convulsos tiempos de María Antonieta y que protagoniza junto a un peso pesado como Diane Kruger.

El año 2011 fue para Seydoux el mejor de su joven carrera: cuatro películas y un corto. De las películas, una con Woody Allen (Midnight in Paris) y un megataquillazo de los que hacen época (Misión imposible: protocolo fantasma). Con ese hatillo a sus espaldas, no es extraño que sus paisanos la consideren la gran esperanza nacional, el perfecto ariete para abrir brecha al otro lado del Atlántico. Seydoux, grandes ojos azules, melena en franca rebeldía, sonrisa de matices (de la que puede ser infinitamente buena o terriblemente mala), se carcajea cuando asoma el tema: “He tenido mucha suerte, también es cierto que he trabajado muchísimo para llegar donde estoy, pero hay muchas actrices que lo dan todo en su trabajo y luego no tienen suerte”. Insistimos, ¿cuándo decidió Léa Seydoux que quería ser actriz? “Pues muy pronto. Cuando todos querían ser abogados o profesores o famosos [risas], yo ya quería ser actriz”.

La actriz parece relajada y no tiene inconveniente en especificar que su adolescencia no fue tan bonita como cabría pensar: “Digamos que yo no me vestía demasiado bien y los niños pueden ser muy crueles. Hasta los 12 años no pararon de meterse conmigo porque no les gustaba mi aspecto. La verdad es que me vestía de un modo un poco siniestro… me gritaban que estaba llena de piojos y cosas por el estilo, cosas que a una niña le pueden llegar a herir profundamente. Un día decidí que quería vestirme bien, que tenía que cuidarme mucho más. De repente, todos esos niños ya no me encontraban insufrible, solo querían ir conmigo y me decían lo guapa que era”.

Ante tamaña confesión, uno supone que a partir de aquel punto nació la nueva Léa Seydoux, la que tumbaba a los hombres con la mirada. Pero no. “Mi adolescencia… digamos que no tenía muy claro lo que quería hacer. Así fue hasta los 18 años. Estaba en esa época de desorientación total: perdida buscándome a mí misma [risas]. Uno de mis mejores amigos en aquella época era actor, su vida me pareció maravillosa, y, claro, yo quería lo mismo. ¿Si era un poco naif? No, nunca he sido naif. Sé que pocos llegan a alcanzar el éxito, pero también estoy convencida de que tienes que creer en ti misma, tienes que creer lo que haces y lo que dices. Si te ciñes a eso y trabajas duro, puedes conseguirlo”, dice la actriz a modo de lema vital (“porque no creo en los gurús”, aclara) antes de sonarse la nariz y reírse luego.

Seydoux nació en París el 1 de julio de 1985 y fue tanteando el terreno hasta que en 2006 debutó en la pantalla grande con Mes copines, una de esas películas de las que uno se arrepiente con solo ver el cartel. Sin embargo, y aun con esa expresión de “sí, prefiero no pensar en esa película”, para la francesa su debut representó algo mucho más elevado. “Pensé que igual había encontrado mi sitio en la industria, pero pronto me di cuenta de que era tan solo una sensación porque al final todo está en manos de terceros”.

A Seydoux aún no han empezado a perseguirla los paparazzi y lleva una vida relativamente normal. Sin embargo, los franceses se han hartado en el último lustro de verla copando portadas en revistas de moda: Vogue, Elle, Numero, Another Magazine… pocas publicaciones se han resistido a la nueva niña bonita del cine francés. A pesar de ello y de ser la imagen de una de las nuevas fragancias de Prada, a Seydoux se le amotinan los ojos cuando uno suelta la palabra modelo. “He salido en muchas revistas de moda y conozco bien ese universo, pero no soy modelo. Me gusta ser la musa de una marca y hacer un shooting de vez en cuando, pero creo que las actrices no deberían involucrarse demasiado en el mundo de la moda. Al menos, yo no tengo planes de ir más allá”, advierte.

Curiosamente, cuando el entrevistador se arriesga a calificarla, sin conocerla, de parecer –primera vista– una persona escéptica y algo desconfiada, la actriz asiente inmediatamente: “Soy muy escéptica y poco confiada, eso es absolutamente cierto. Creo que siempre he pensado que la vida es difícil en el sentido de que solo puedes contar contigo mismo. Eso no quiere decir que no crea en el amor y en las relaciones fuertes porque realmente creo en ello, pero al final del día solo se puede contar con lo que uno tiene. Supongo que también tiene que ver con que soy una persona muy sensible y que en cierto modo te obliga a escoger tu propio camino”. ¿Y cómo piensa llevar eso a medida que crezca en tamaño y todos los ojos se fijen en ella? “Bueno, no soy una estrella, estoy empezando, sé protegerme, tengo buen instinto para juzgar a las personas y creo que eso va a serme útil en el futuro”.

Seydoux es nieta y sobrina de grandes del cine, los capitostes de Pathé y Gaumont, dos de las distribuidoras (y productoras) más grandes de Europa, pero hablando con ella parece que le trae sin cuidado quién es su tío o su abuelo. De hecho, la única referencia a la saga familiar se cuela en una reflexión totalmente distinta y que tiene que ver con el carácter de la francesa: “¿Que cómo me defino? Bueno, si tuviera que decir una sola cosa, diría que soy muy observadora, que me gusta mirar. De hecho, todo lo que ha aprendido en mi vida ha sido a través de la observación. De algún modo, creo, también tiene que ver con mi educación: mis padres no socializaban demasiado, pero cuando lo hacían yo me fijaba en cómo se comportaban los que estaban allí, cómo se relacionaban entre ellos. En cierto modo los analizaba. Ahora repito el mismo patrón con lo que hacen los actores, estoy viendo una película y pienso: ah, ahí está el truco” [risas]. ¿Siempre ve los trucos de los demás? “Bueno, recuerdo que viendo la última de Clint Eastwood [J. Edgar] pensé: ¡Joder, qué falso es todo! [risas]. Pero supongo que eso tiene que ver con que era el peor maquillaje de la historia del cine. En serio, si la película es buena y me meto en ella, nunca pienso en esa clase de cosas, simplemente disfruto de la película”.

Cuando empieza a entrar en calor, Seydoux se anima a contar aquello que en ocasiones saca de quicio a los actores. “No soporto las promociones. Es decir, no me importa hacer entrevistas ni hablar contigo o con tus colegas sobre mi vida o mis películas. Lo que no me gusta nada es pasearme por ahí así [esboza una sonrisa dantesca y se echa a reír], ¿sabes lo que quiero decir? Ahora lo llevo mejor, pero al principio me ponía de los nervios. Lo juro”.

La francesa ha trabajado con directores como Quentin Tarantino (Malditos bastardos) o Ridley Scott (Robin Hood) y está a punto de ponerse a las órdenes de su compatriota Christophe Gans en la particular adaptación de este último: “Una de mis películas favoritas de todos los tiempos es La bella y la bestia, de Jean Cocteau. Me encantan las historias de amor imposible, supongo. Pues bueno, Christophe me llamó por si quería participar en su versión del cuento y no pude decir que no”.

Otro kleenex y la llegada de su publicista devuelven la charla al punto inicial. “Es cierto que a veces me convierto en alguien muy empático con mis personajes porque soy una persona sensible, pero no me los llevo a casa. Tampoco me acerco a cada rol de la misma manera porque creo que cada papel es en realidad una experiencia química y que por fuerza vas a sufrir alguna clase de subidón, pero sería un error dejar que eso te poseyese”. Vuelve la publicista para finiquitar la entrevista, eso sí, con la cortesía suficiente como para permitir una última pregunta: “¿Qué me gusta hacer cuando no estoy trabajando? Cosas realmente simples… como caminar por la calle. Cuando me dicen: ‘Lea, hoy tienes el día libre’, me encanta estar simplemente conmigo misma. ¿Crees que soy rara?”.”

Y ahí termina el artículo citado. Una conversación con Léa Seydoux que hace que me guste más por ese punto de cotidianeidad que tiene, sintiéndose extraña en el mundo del glamour y las lentejuelas. Sobre estas líneas les adjunto otra foto curiosa, la de Seydoux y ese pedazo de mujer que es Paula Patton (un día le dedico un post, palabra), que tienen una escena de lucha en la última entrega de “Misión imposible” y se atizan la una a la otra con el mismo arrojo que cualquier héroe de acción. Merece la pena seguir la pista a ambas.

Paseaba yo el otro día por el centro de Madrid, cuando me encontré con un grupo de gente a la puerta de entrada de una conocida sala de fiestas. Era un día de entre semana y me extrañaba que fuera por ambiente discotequero, así que me acerqué a echar un vistazo y comprobé que iba a tener lugar la entrega de unos premios cinematográficos, los Fotogramas de Plata. Apenas vi el cartel del evento, miré a mi alrededor y me di cuenta de que mucha de la gente que había agolpada ante la puerta eran actores, actrices y directores de nuestro cine, esperando a entrar en el evento. A escasos metros de mí tuve a una serie de personajes a los que solamente había visto hasta entonces en las películas o las revistas. Y como la mayoría son más bajos que yo de estatura, la cercanía te hace darte cuenta de que no dejan de ser gente normal, más allá del oropel con el que los revestimos.

De todas aquellas presencias, hoy quiero destacar a dos actrices que me gustan bastante y que pasaron justo al lado mío, Aida Folch y Blanca Suárez. En medio de aquel maremagno de gente conocida, no reparé en su paso a escasos pasos de mí hasta que ya me habían superado, que me quedé en plan “anda, ¿pero esta no es…?”. En el caso de Blanca Suárez me costó identificarla porque iba con el pelo recogido y un estilismo poco habitual respecto a lo que la he visto en otras galas, peroigualmente bellísima y sexy.

 

Y por otro lado, también pasó junto a mí Aida Folch, una actriz que me gusta mucho, por su belleza y por lo que transmite en películas y entrevistas. Una actriz infravalorada que tiene algo especial y a la que debería darse más cancha.

Me quedé con las ganas de sacarme una foto rápida con ellas, como si pudieron hacer otros curiosos que se encontraban por allí. Aunque teniendo en cuenta mi natural timidez no sé si me habría atrevido a pedirles una foto aún teniéndolas enfrente mío durante un buen rato. Cosas de tímidos, que a veces nos quedamos al margen con muchas ganas de intervenir por temor al rechazo y al fracaso.

El pasado domingo se celebró la gala de los premios Goya, que ganó la película “No habrá paz para los malvados”, con seis estatuillas, incluidas mejor película y director. Es una película que cuando vi me pareció buena, pero tampoco la mejor de su director, Enrique Urbizu (“La caja 507” me parece más redonda), el resto de nominadas aún no las he visto para ver la mayor o menor justicia de los galardones, habrá que ponerse a ello. Asimismo, la gala fue una ocasión para ver gente guapa luciendo sus mejores galas y a ello voy a dedicar esta entrada, con las actrices que más me gustaron.

María Valverde, que suele lucir muy guapa en este tipo de eventos, no defraudó y estuvo bellísima.

Leonor Watling estuvo con esa mezcla suya de glamour y cotidianeidad y también me gustó bastante (me ganó el detalle de las uñas negras, una debilidad mía).

Michelle Jenner estuvo preciosa con un vestido estilo princesa de cuento de hadas.

Silvia Abascal fue la sorpresa más bonita de la noche, tras varios meses recuperándose de un ictus volvió a aparecer en un acto público y entregó uno de los premios, recibiendo una sonora ovación. A pesar de su afección lució tan guapa como suele.

Inma Cuesta es una chica a la que no le sigo mucho la pista (lo de ver “Águila roja” como que no me va), pero me parece bastante guapa y atractiva.

Salma Hayek es un icono para todos los que crecimos en los 90 y ya se le notan un poco los años, pero como dice el refrán, quien tuvo retuvo.

Elena Anaya ganó su primer Goya por su papel en “La piel que habito” y también estuvo muy guapa, aunque la vuelvo a ver un poquito más delgada de lo que me gustaría.

Verónica Echegui estuvo absolutamente bella y eso que fue con un vestido que le cubría las piernas, que las tiene preciosas.

Pilar López de Ayala lució uno de sus “looks”  un poco estrafalarios, esos que le gusta lucir en las galas y que a mi juicio la afean un poco, ella al natural gana mucho más.

Blanca Suárez demostró una vez más que es una de las actrices más guapas de nuestro país y la capacidad que tiene para lucir radiante como toda una mujer a sus 23 años.

María Adánez fue una sorpresa agradable para mí, pues por fin vuelve a lucir su bonita melena, sin ese pelo corto seudomoderno que llevaba en “Aquí no hay quien viva”. Muy guapa.

Marta Etura dejó patente su mezcla de encanto y naturalidad y mostró como alguien que no es especialmente bella de por sí tiene un aura especial que la hace aún más guapa.

De la gala en sí poco que salvar, pues Eva Hache me demostró lo poco que esperaba de ella y la mayoría de premios me dieron un poco igual. Salió Santiago Segura a ironizar un poco sobre los nominados en plan amable y esos 5 minutos fueron los mejores de toda la gala. La verdad es que fue mucho más disfrutable la alfombra roja, como pueden ver.

Muchas veces se da el caso de que nos formamos ciertas convicciones que cambian con el tiempo y las experiencias y que también nos hacemos ideas equivocadas de algunas personas, que vamos matizando poco a poco. Digo esto porque voy a hablar de una de las protagonistas de la serie “Dawson crece”, la actriz Michelle Williams.

Esa serie la daban en la tele en mis años adolescentes y yo la desdeñaba por considerarla demasiado meliflua (yo por aquel entonces estaba en mi fase de represión emocional y descartaba todo lo que hablara de sentimientos), un desprecio que se contagió a sus cuatro protagonistas. Con el tiempo, James van der Beek ha conseguido caerme mejor, ya no le veo como ese rubito que se las daba de interesante y algo así ha pasado con Michelle Williams, a la que tampoco daba mucho crédito (Katie Holmes y Joshua Jackson siguen sin simpatizarme, por cierto).

Tras haber visto a Michelle Williams en películas como “Brokeback Mountain” o “Shutter Island”, he comprobado que es una actriz competente y leyendo entrevistas suyas he visto que es una chica muy sensata y muy tímida, con un gran mundo interior y que a su joven edad ha pasado tragos muy duros. Todo ello me ha hecho cambiar mi opinión sobre ella y me parece alguien interesante para seguir.

De hecho, está nominada al Oscar por su interpretación de Marilyn Monroe en la película “Mi semana con Marilyn”, de próximo estreno. Por su físico delgadito y frágil no parecía la más indicada para dar vida a la voluptuosa estrella (físicamente, Scarlett Johansson parecía una elección más próxima), pero dicen que ha sorprendido a propios y extraños. Que ha ganado peso y curvas y que su mimetismo está muy logrado.

Por todo ello, la revista GQ en su edición estadounidense le ha dedicado un reportaje muy completo. Una entrevista en la que conocemos un poco más a la Michelle Williams más introspectiva y unas fotos en las que vemos su parte exterior, demostrando que sabe lucir belleza y atractivo sin dejar de ser ella.

Me ha hecho gracia la frase de la foto de portada (bajo estas líneas), que dice que quién sabía que Michelle Williams tuviera ese cuerpo. Hasta ahora había sido una actriz poco dada a mostrar sus encantos, parece ser que haber dado vida a Marilyn la ha animado a ello. Para aquellos que entiendan inglés les paso el enlace al artículo que acompaña a las fotos, muy interesante, no es la típica charla frívola de este tipo de reportajes fotográficos. Hay que reconocer que Michelle aquí se muestra sin tapujos por dentro y por fuera, algo que me parece muy bien.

http://www.gq.com/entertainment/movies-and-tv/201202/michelle-williams-gq-february-2012-cover-story-article


  • Ninguna
  • jm: jajaja, la proxima vez hazlo...total son tan parecidas que con una foto de una de ellas tendrías las dos! ;)
  • garcigomez: Se da un aire en ciertas fotos, sí, con el aire melancólico sobre todo
  • Lauphney: Se parece a la cantante Meja: https://www.google.es/search?q=meja&rls=com.microsoft:es&oe=UTF-8&startIndex=&startPage=0&um=1&i

Categorías