Robando Belleza

Dudas en el vestir

Posted on: 15 agosto, 2011

En la entrada de hoy he querido reproducir un fragmento de la novela “Expiación”, de Ian McEwan, que refleja ese tópico del “no sé que ponerme” que dicen que muchas veces asola a las mujeres y que me hizo gracia por cómo trata la situación. El personaje que duda y se acaba poniendo un vestido verde es el que encarnó Keira Knightley en la adaptación al cine del citado libro, de ahí su elección como imagen de esta entrada. Y para mi gusto, el vestido le queda de maravilla.

“Dos veces, en el curso de media hora, Cecilia salió de su dormitorio, se contempló en el espejo de marco dorado que había en la cima de la escalera e, inmediatamente descontenta, volvió a su ropero para repensarlo. Su primera elección había sido un vestido negro de crepé de China cuyo corte inteligente, según el dictamen del espejo del tocador, le confería una cierta severidad de forma. El tono oscuro de sus ojos resaltaba el aire invulnerable que prestaba el vestido.

En lugar de compensar este efecto con un collar de perlas, en un momento de inspiración optó por uno de azabache puro. Diversas inclinaciones de la cabeza, para captar perspectivas en tríptico, la persuadieron de que su cara no era demasiado larga, al menos no esa noche. La esperaban en la cocina para que sustituyera a su madre, y sabía que León la estaba esprando en el salón.

No obstante, encontró tiempo, cuando estaba a punto de salir, para volver al tocador y aplicarse perfume en la punta de los codos, un toque travieso, acorde con su estado de ánimo, cuando cerró tras ella la puerta del dormitorio.

Pero la mirada pública del espejo de la escalera, cuando se precipitó hacia él, reveló a una mujer que se dirige a un entierro, a una joven, además, austera y triste, cuyo caparazón negro presentaba afinidades con alguna clase de insecto prisionero en una caja de cerillas. ¡Un ciervo volador! Era su yo futuro, a los ochenta y cinco años, con su luto de viuda. No se demoró; dio media vuelta y entró de nuevo en su cuarto.

Era escéptica, porque sabía las jugarretas que gastaba la mente. Al mismo tiempo, la suya estaba centrada en el sitio donde iba a pasar la velada, y tenía que encontrarse a gusto consigo misma. Se despojó del vestido de crepé negro, que cayó a sus pies, y en tacones y ropa interior inspeccionó las posibilidades que ofrecían las perchas del ropero, consciente de que transcurría el tiempo.

Detestaba la idea de parecer austera. Quería sentirse relajada y, a la vez, reservada. Ante todo, quería dar la impresión de no haber estudiado su apariencia en absoluto, y eso requería tiempo. ¿Cómo podía pararse a pensar?

Recorrió con una mano los pocos centímetros de historia personal, la breve crónica de sus gustos. Allí estaban los vestidos modernos de su adolescencia, que ahora le parecían ridículos, mustios, asexuados, y aunque uno ostentaba manchas de vino y otro el agujero de una quemadura de su primer cigarrillo, no tenía valor para desprenderse de ellos.

Allí estaba el vestido con el primer indicio tímido de relleno en los hombros, y había otros más afirmativos, musculosas hermanas mayores que se deshacían de los años juveniles, redescubrían talles y curvas y alargaban dobladillos con un desdén autosuficiente por las esperanzas de los hombres.

Su adquisición más reciente y selecta, comprada para celebrar la conclusión de los exámenes finales, antes de conocer sus deprimentes notas, era el traje de fiesta verde oscuro cortado al bies, que ceñía la figura y descubría la espalda. Demasiado elegante para su primera ocasión social en casa. Introdujo la mano más adentro y sacó un vestido de moaré, con corpiño plisado y cenefa con festones: una elección segura, pues era de un rosa lo bastante apagado para ser usado por la noche.

Así lo dictó el triple espejo. Se cambió de zapatos, trocó el azabache por las perlas, retocó su maquillaje, se arregló el pelo, se aplicó un poco de perfume en la base de la garganta, ahora al descubierto, y en menos de quince minutos estaba de nuevo en el pasillo.

Tal vez hubiese ahora una luz más cruda en lo alto de la escalera, porque nunca había tenido problemas con aquel espejo. Incluso al acercarse desde una distancia de alrededor de un metro y medio, vio que no le daría luz verde: el rosa era, de hecho, de una pálida inocencia, el talle era demasiado alto, el vestido llameaba como el atuendo festivo de una niña de ocho años. Al acercarse más, vio delante a la niña que había sido quince años antes. Se detuvo y, a modo de experimento, levantó las manos hacia los lados de la cabeza y se formó en el pelo dos coletas. Aquel espejo debía de haberle visto bajar la escalera docenas de veces, cuando iba a media tarde hacia otra fiesta de cumpleaños de una amiga.

Volvió a su habitación, con más resignación que ira o pánico. Las cosas conocidas no eran sino continuaciones, variaciones del modo en que se había visto y se había sentido todo el día. Además, sabía lo que tenía que hacer y lo había sabido en todo momento. Sólo tenía un vestido que le gustaba y era el que debía ponerse.

Arrojó el vestido rosa encima del negro y, pisando desdeñosa las prendas en el suelo, cogió el vestido de fiesta, el verde sin espalda que había estrenado después de los exámenes. Mientras se lo ponía aprobó la caricia firme del corte al bies de la seda de la enagua, y se sintió grácilmente inexpugnable, escurridiza y segura; fue una sirena la que se alzó para recibirla en el espejo de cuerpo entero.”

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  • Ninguna
  • jm: jajaja, la proxima vez hazlo...total son tan parecidas que con una foto de una de ellas tendrías las dos! ;)
  • garcigomez: Se da un aire en ciertas fotos, sí, con el aire melancólico sobre todo
  • Lauphney: Se parece a la cantante Meja: https://www.google.es/search?q=meja&rls=com.microsoft:es&oe=UTF-8&startIndex=&startPage=0&um=1&i

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